Regenerar no es sobrevivir

De un pequeño archipiélago enfrentándose a las grandes potencias en la ONU, a una hostelera impulsando la primera terraza libre de humos en Burgos: qué ocurre cuando la fragilidad deja de ser una idea abstracta y empieza a cambiar y regenerar nuestra forma de mirar el mundo

Hay algo profundamente extraño —y también revelador— en que algunas de las iniciativas más valientes de este tiempo estén viniendo de quienes menos poder tienen.

En la prensa de estos días, puedes leer dos noticias aparentemente inconexas que esperamos cuestionen tanto como a nosotras.

Por un lado, un pequeño archipiélago del Pacífico especialmente vulnerable al cambio climático conseguía sacar adelante en la ONU una resolución climática histórica frente a la oposición de grandes potencias y petroestados.
Por otro, una hostelera abría la primera terraza “libre de humos” de la ciudad de Burgos. Dos escalas completamente distintas. Dos conflictos incomparables. Y, sin embargo, una intuición común.

Durante años hemos hablado de sostenibilidad como si fuese un asunto abstracto, técnico o reputacional. Algo que se discute en informes y estrategias. Pero cuando los problemas dejan de ser intangibles, nos cambia la mirada.

Cambia cuando una isla sabe que su territorio puede desaparecer.
Cambia cuando una época de sequía deja sin materia prima a una empresa.
Cambia cuando la salud, el aire, el agua o el paisaje dejan de percibirse como un decorado estable y empiezan a sentirse como algo frágil.

Y es curioso lo que ocurre entonces.

Porque uno podría pensar que, cuando aparece la vulnerabilidad, la reacción natural sería el repliegue: proteger lo mío, resistir, competir, aguantar individualmente. Y, sin embargo, muchas veces ocurre justo lo contrario.

A veces son precisamente quienes han entendido más profundamente su fragilidad quienes desarrollan una conciencia más clara de la interdependencia. ¿Será que cuando algo amenaza de verdad las condiciones de la vida ya no resulta tan fácil sostener la fantasía de que uno se salva solo?

Eso no significa idealizar el sufrimiento. El dolor no nos vuelve mejores personas ni mejores sociedades. También puede endurecer, dividir o alimentar miedo. Pero sí parece haber experiencias límite que abren otra posibilidad: transformar la conciencia de vulnerabilidad en responsabilidad compartida.

Y ahí aparece algo profundamente político, en el mejor sentido de la palabra.

Político no como confrontación partidista, sino como pregunta por el bien común. Por el tipo de ciudades, empresas, territorios y relaciones que queremos sostener.

Tal vez por eso muchas transformaciones importantes empiezan en lugares pequeños.
En una isla frente a grandes potencias.
En un pequeño negocio frente a inercias culturales muy asentadas.

Porque quizá la regeneración empieza exactamente ahí: en el momento en que dejamos de preguntarnos únicamente cómo sobrevivir individualmente y empezamos a preguntarnos qué condiciones de vida merece la pena crear colectivamente.

¿Está tu empresa haciéndose este tipo de preguntas?. No solo cómo reducir impactos o adaptarse a nuevas normativas, sino qué papel queréis jugar en un contexto de creciente fragilidad ecológica y social, qué tipo de valor generáis realmente, qué futuro ayudáis a construir.

Y ahí aparece también la dificultad. Traducir esa conciencia en decisiones reales —en modelos de negocio, cultura organizativa, gobernanza o criterios de impacto— no es inmediato ni sencillo. Requiere conversaciones honestas, pensamiento crítico y, muchas veces, acompañamiento.

En Resiliando trabajamos precisamente acompañando esos procesos de transición: tangibilizando estrategias de sostenibilidad y economía circular, hasta modelos de impacto positivo como B Corp.

El archipiélago de Vanuatu y el Bosque Encantado en Burgos nos obligan a enfrentar esta cuestión incómoda: si quienes hoy parecen “pequeños” no estarán entendiendo antes que nadie algo que otros, desde posiciones mucho más poderosas, todavía nos resistimos a mirar.

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