Utopia no es una isla: sostenibilidad, comunidad y raices que sostienen

Hay regalos que llegan en el momento justo.
Un libro, por ejemplo. Utopía no es una isla llegó a mis manos no como una consigna, sino como una provocación amable. Mi marido decía —con esa mezcla de intuición y certeza que solo da la convivencia— que me gustaría. Y tenía razón.

No porque la utopía sea mi refugio, sino porque nunca he creído que lo utópico sea lo contrario de lo posible. Más bien al revés: lo utópico suele ser el primer nombre de aquello que todavía no sabemos cómo hacer.

Durante mucho tiempo, la sostenibilidad ha vivido ahí. En ese territorio incómodo entre el deseo y la sospecha. Demasiado idealista para algunos. Demasiado compleja para otros. Y, sin embargo, profundamente necesaria.

Este texto nace de esa tensión. Y también de una convicción: la sostenibilidad no es una isla. No se construye en soledad ni desde la abstracción. Se teje en comunidad, con raíces, con memoria y con práctica cotidiana.

Soñar no es huir: es comprometerse

Soñar ha tenido mala prensa en el mundo empresarial.
Soñar parecía incompatible con gestionar, con decidir, con sostener estructuras complejas.

Pero si algo he aprendido en estos años es que no hay transformación sin imaginación. Y que imaginar no es evadirse, sino comprometerse con una realidad que aún no existe del todo.

Soñar sostenibilidad no es negar las dificultades. Es mirarlas de frente y decidir que hay otras maneras de abordarlas. Maneras más lentas, quizá. Más exigentes, sin duda. Pero también más duraderas.

Empezar por lo local no es conformarse

Resiliando nace desde lo cercano. Desde Burgos. Desde Castilla. Desde empresas pequeñas y medianas que no suelen ocupar titulares, pero sostienen la vida cotidiana de los territorios.

Empezar por lo local no es una renuncia a lo global. Es una estrategia profundamente transformadora. Porque es ahí donde las decisiones tienen rostro. Donde los impactos se notan. Donde las relaciones importan.

La sostenibilidad deja de ser una palabra grande cuando se traduce en preguntas pequeñas:

  • ¿Cómo cuido a las personas que trabajan conmigo?
  • ¿Qué impacto tiene mi actividad en el ecosistema que habito?
  • ¿Qué futuro estoy ayudando a construir con mis decisiones de hoy?

Comunidades castellanas: memoria de lo colectivo

Hay algo más que sostiene esta manera de mirar. Una memoria larga.
Las comunidades castellanas —las históricas y las contemporáneas— han sabido organizarse, resistir y cuidarse desde lo común. No desde la épica individual, sino desde la cooperación, el apoyo mutuo y la conciencia de pertenencia.

La tradición revolucionaria castellana no fue solo una revuelta política; fue también una forma de entender la comunidad como sujeto. Decidir juntas. Sostener juntas. Resistir juntas.

Ese hilo no se ha roto. Aparece hoy en redes de comercio local, en asociaciones empresariales que colaboran, en proyectos que entienden que competir no siempre es la única salida.

La sostenibilidad, entendida así, no es una importación moderna. Es una continuidad.

Cuando el periodismo da espacio a miradas sistémicas

Hace poco, esta forma de entender la sostenibilidad encontró eco en un lugar significativo: una página completa en El Correo de Burgos, en un artículo escrito por la periodista Virginia Martín Ahedo. No es habitual que un medio local se detenga a contar procesos con profundidad, sin simplificaciones, sin convertirlos en eslóganes. Por eso merece ser nombrado y agradecido.

Que haya profesionales del periodismo que den voz a miradas sistémicas, que conectan economía, territorio, personas y futuro, es una gran noticia. Porque los relatos que habitamos también construyen realidad. Desde aquí, la invitación es clara: leer ese artículo con pausa, como se leen las cosas que importan.

La sostenibilidad no es un extra: es estructura

Integrar la sostenibilidad no significa añadir una capa más al negocio. Significa revisar la estructura. Los procesos. Las relaciones. El sentido.

Las empresas que avanzan en esta dirección no buscan perfección. Buscan coherencia. Y esa coherencia se traduce en resiliencia: capacidad de adaptarse, de sostenerse en el tiempo, de responder a crisis sin romperse.

No es una utopía. Es práctica. Si quieres que profundicemos juntos, contáctanos.

Utopía no es una isla

Volviendo al libro. Y al regalo. Y al acierto de quien lo puso en mis manos. La utopía no es una isla porque nadie llega solo. Porque los caminos se hacen andando, pero también acompañadas. Porque las transformaciones reales no ocurren al margen de las comunidades, sino dentro de ellas.

Soñar sostenibilidad no es mirar al horizonte y olvidarse del suelo. Es, precisamente, clavar bien los pies en la tierra y decidir hacia dónde queremos caminar.

Y hacerlo juntas.

¿Te ha gustado este artículo?