Aprendizajes desde EMCEBurgos
A veces los eventos son como espejos. O como pozos: cuanto más nos asomamos, más nos vemos a nosotras mismas —con virtudes, limitaciones, deseos y tensiones. El I Encuentro Europeo de Economía Colaborativa en Áreas Industriales, celebrado en Burgos, EMCEBurgos, fue de esos foros de economía circular que remueven algo más que papeles en una mesa.
No fue solo un encuentro. Fue un cruce de caminos entre quienes miran de frente a la complejidad y quienes todavía piensan que la sostenibilidad es una casilla que se puede marcar con un “check”. Aquí van tres intuiciones que —si me permites— marcan el sentido profundo de lo que vivimos:
La colaboración no es un protocolo, es un terreno que se habita
Mucho se habla de “ecosistemas”, “clusters” o “redes” como si fueran herramientas de gestión. Pero lo que emergió en EMCEBurgos es otra cosa: la colaboración es territorio. Un territorio compuesto por miradas dispares, historias corporativas tensas, incertidumbres sobre la normativa, ansiedad por resultados inmediatos y, sobre todo, personas que están aprendiendo a confiar antes de coordinar.
No basta con decir “vamos a colaborar”. El verdadero desafío está en comprender que la colaboración solo puede germinar donde hay:
- Confianza, no discursos impecables
- Conocimiento compartido, no datos escondidos
- Paciencia, no inmediatez
Lo vimos en los paneles de residuos, energía y movilidad: cuando las empresas comenzaron a nombrar lo que realmente les duele, lo que les paraliza o lo que les anima, pronto surgieron preguntas más interesantes que las respuestas. Y eso es buen síntoma.
Lo circular no es un engranaje: es una conversación
En muchos foros de sostenibilidad, la economía circular se trata como si fuera una fórmula matemática perfecta. En EMCEBurgos, en cambio, la circularidad apareció como diálogo, polémica y tensión creativa.
Los residuos dejaron de ser un problema técnico para revelarse como un síntoma de relaciones no escritas. La energía dejó de ser una factura para convertirse en una promesa de comunidad. Y la colaboración —esa obsesión de cada polígono— se tornó en metáfora: ¿cómo nos movemos con los otros, y no solo dentro de nuestros propios límites?
No fue una epifanía mística. Fue la constatación de que:
- No es suficiente con “cerrar ciclos”
- Hay que abrir puentes
Abrir puentes entre empresas, administraciones, universidad, organizaciones sociales y ciudadanía. Porque la circularidad real —esa que transforma territorios, no solo balances contables— solo existe en red.
El reto ya no es técnico, es cultural
Los frenos no vinieron de la falta de soluciones. Aparecieron cuando hablamos de:
- Normativas que parecen diseñadas para confundir
- Incentivos mal alineados
- Competencia disfrazada de colaboración
- Estructuras administrativas que funcionan como fosos defensivos en lugar de puentes
Lo que no funciona es la colaboración solitaria: cuando cada empresa revisa sus propios intereses sin tomar en serio la idea de que su vecino también está en el mismo barco (o en el mismo polígono). Esto es profundo porque nos obliga a preguntarnos algo que rara vez nos preguntamos en los congresos:
¿Quiero realmente colaborar o solo quiero decir que colaboro?
Responder a esa pregunta implica:
- Reconocer que no tenemos todas las respuestas
- Admitir que la confianza se construye, no se decreta
- Entender que la economía circular no es una casilla de verificación, sino un proceso vivo

Entonces, ¿qué quedó en Burgos?
Quedó algo más que notas y diapositivas y artículos en la prensa del día. Quedó un eco poderoso: la idea de que la colaboración es la nueva gramática del cambio sostenible.
Quedaron compromisos íntimos, silencios incómodos, conversaciones que no cierran con un “estamos de acuerdo” y la conciencia clara de que, en las áreas industriales como en la vida, no hay atajos para conectarse con el otro.
Y sobre todo, quedó la certeza de que si queremos transformar la industria, primero tenemos que transformar la forma en que nos vemos, nos hablamos y nos responsabilizamos juntos.
Porque lo circular —al fin y al cabo— no es un bucle perfecto: es un arte inacabado que solo se cultiva con paciencia, comunidad y una buena dosis de honestidad.
Acompañar el cambio no es traer respuestas, es sostener las preguntas
En Resiliando trabajamos justo ahí: en ese espacio intermedio donde las organizaciones saben que tienen que cambiar, pero todavía no saben cómo hacerlo juntas. No diseñamos soluciones estándar ni aplicamos recetas importadas. Acompañamos procesos reales, con personas reales, en territorios concretos, ayudando a traducir la complejidad en pasos posibles.

Nuestro trabajo no empieza con un plan cerrado, sino con escucha. Continúa con facilitación, síntesis y cuidado de los vínculos. Y se consolida cuando las ideas se convierten en decisiones compartidas y proyectos que caminan solos.
EMCEBurgos nos ha recordado que la transición hacia una economía circular y colaborativa no se acelera empujando, sino tejiendo: relaciones, confianza y sentido.
Si en tu organización o territorio estáis en ese momento de “sabemos que así no podemos seguir, pero aún no vemos el camino”, quizá sea buen momento para conversar.
Puedes escribirnos o seguir de cerca nuestro trabajo: el cambio sistémico no se diseña en solitario.


